Las luchas de los trabajadores textiles de La Colmena, Barrón y San Ildefonso en Nicolás Romero, Estado de México, 1847-1920

  La historia de la clase obrera en el actual municipio de Nicolás Romero, en el Estado de México, se originó tempranamente en el medio rural en los pueblos de La Colmena, Barrón y San Ildefonso, con la instalación de tres fábricas textiles provistas con maquinaria de punta hacia el año de 1847, en la antigua hacienda de Molino Viejo o San Ildefonso.

nicolás romero

La introducción tecnológica del sistema industrializado textil alteró el contexto agrícola de la región al transformar las formas tradicionales de organización del tiempo en la vida de los habitantes, mediante la enajenación de la fuerza de trabajo campesina y los recursos naturales en los recién creados pueblos textiles.

Dichos pueblos se caracterizan principalmente por su temprana actividad política en la organización de formas de protesta tales como el motín, la huelga y el paro, ya que a lo largo de su historia existen varios sucesos que muestran cómo los obreros se organizaron para defender sus garantías ante los dueños y los administradores de las fábricas, quienes controlaban el comercio local, obligando a los trabajadores a depender de la renta de las viviendas, la tierra, el trabajo y el comercio, así como por la venta de los productos que ofrecía la tienda de la fábrica, a través del sistema de vales y préstamos en efectivo.

La contraposición de los intereses de la sociedad obrera a los de la clase industrial capitalista, surgieron cuando al sustituir la habilidad humana por la máquina, y la fuerza humana y animal por energía eléctrica, se dio paso a un proceso de cambios estructurales que combinó: a) el crecimiento económico del capital, b) la innovación tecnológica y organizativa, y c) las transformaciones de la economía, la sociedad y el campo.

Con la introducción de la fuerza de trabajo campesina a las fábricas, se produjo una intensificación de la disciplina laboral. Esta, por ejemplo, exigía que la entrada de los obreros a las fábricas fuera en un horario estricto, así como una asiduidad constante a las diferentes actividades fabriles en los departamentos de esta. El obrero debió adaptarse al ritmo impuesto por las máquinas, y a una supervisión desconocida hasta entonces.

La jornada laboral era no sólo intensa sino además extensa. Durante la segunda mitad del siglo XIX el promedio de los establecimientos fabriles sobrepasaba las catorce horas diarias de trabajo, y la simplificación de las tareas era tal, que en los talleres incrementó la contratación de personal no calificado encargado de actividades rutinarias como el simple control de dispositivos dispuestos en las máquinas, facilitando a su vez, la contratación de mujeres y niños cuyos salarios eran inferiores, y que además se sometían con mayor facilidad a la disciplina que los adultos.

A finales de ese siglo, el número de matrimonios contraídos entre los miembros de las comunidades y pueblos cercanos impactó al incrementar la natalidad a un ritmo acelerado. El crecimiento demográfico fue tal, que una de sus consecuencias directas fue la reducción en la edad de los individuos que ingresaban a trabajar a los talleres de las fábricas, generando un flujo constante de fuerza de trabajo requerida en el confeccionamiento de prendas de vestir, así como en la prestación de servicios en torno a esta.

En ese sentido, el sistema capitalista fabril insertó el trabajo de producción en serie a través de mecanismos como fueron: largas jornadas de trabajo, bajos salarios y gran inestabilidad laboral favorecidas por el empobrecimiento de las condiciones de vida de las familias obreras. Las nuevas relaciones sociales, instituciones y formas culturales de reproducción de la clase obrera generaron conflictos como motines y huelgas en cada una de las fábricas: un malestar popular generalizado se alzó sobre las relaciones económicas de dependencia de la clase obrera, en lo que fuera el advenimiento de las primeras luchas de la clase obrera mexicana en los albores de la era moderna.

Así, la clase obrera del municipio de Nicolás Romero se organizó en pequeñas agrupaciones, como sociedades mutualistas y pequeños sindicatos, para paliar los estragos que causaban las condiciones de pobreza imperantes en la región, o bien, para el pago de servicios e instrucción, como los del maestro, médico y párroco, o para cubrir gastos en caso de enfermedad o muerte.

Las huelgas y paros registrados durante la segunda mitad del siglo XIX muestran la precariedad de las condiciones sobre las que se estructuró la sociedad obrera, y la capacidad organizativa de los trabajadores al vincularse con sectores obreros de otros distritos políticos cercanos como San Ángel o Tlalpan, que se encontraban en similares condiciones laborales y de vida que estos.

Tras observar cómo la introducción de las fábricas modificó la vida de los pobladores al crear las comunidades de obreros de La Colmena, Barrón y San Ildefonso, es posible determinar cómo la introducción del capitalismo industrial diversificó el tiempo y el trabajo en los departamentos a través de la especialización, la moral, la disciplina y el castigo.

Así, durante más de medio siglo, los obreros del ramo textil del municipio de Nicolás Romero crearon mecanismos de resistencia para defender sus garantías laborales ante las medidas disciplinarias que debían observarse de acuerdo a lo establecido en los reglamentos de trabajo impuestos por las fábricas.

La lucha de los obreros tuvo eco en el movimiento obrero que se desarrolló a la par a lo largo del país y del valle de México, al influir de manera importante en las acciones tomadas por ese sector en contra de los abusos cometidos por los cuerpos empresariales capitalistas, organizando múltiples huelgas, acciones y paros en conjunto que finalmente cedieron ante la economía del mercado internacional tras la posterior venta de las fábricas ya en el siglo XX.

Así, el denominado movimiento obrero mexicano debe entenderse –creemos– tomando en cuenta el espectro de lucha de los obreros de una región (Nicolás Romero) del Estado de México, que es precursora en la lucha laboral –organizada durante la segunda mitad del siglo XIX– tras la instauración del régimen de trabajo capitalista a la mera usanza europea en el entramado rural mexicano, puesto que brinda elementos que permiten situar el tránsito de la sociedad campesina mexicana al orden de trabajo fabril capitalista o en serie.

 

 Por Cristian Elfego Sánchez García

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