Homenaje íntimo a Unamuno

 

¡El año es una estrofa del canto permanente!

Recomiendo, amigas y amigos, escuchar de manera conjunta a la lectura, Fratres, del compositor estonio Arvo Pärt.

 

Hace 151 años en Bilbao, “en la austeridad de la montaña, con el viento del cielo que entre robles se cierne”, María Salomé Crispina Jugo dio a luz a un hombre portador de un espíritu encarnado en la agonía de la soledad y del cristianismo, Miguel de Unamuno.

Hombre de carne y hueso, que nace, sufre y muere –sobre todo muere– fue Don Miguel, quien encontró a los suyos en el mutismo de la niebla, de los vientos desvencijados por el tiempo, entre los campos y caminos arrebatados a la alborada del destino, pues:

 

“Sólo la soledad nos derrite esa espesa capa de pudor que nos aísla a los unos de los otros; sólo en la soledad nos encontramos; y al encontrarnos, encontramos en nosotros a todos nuestros hermanos en soledad. Créeme que la soledad nos une tanto cuanto la sociedad nos separa. Y si no sabemos querernos, es porque no sabemos estar solos.”

Frente a los arrogantes que dicen conocer, que dicen saber, que dicen sentir al pueblo, Unamuno espeta con arrebato, pues su sentir (el de ellos) es sinsentido, des-sentido, falto de honduras que reverberen el abismo en el que duerme, nada, canta y agoniza el pensamiento.

 

“Acúsanle de falta de pulso los que no saben llegarle al alma, donde palpita su fe secreta y recogida. Dicen que está muerto los que no le sienten como sueña su vida.”

 

Porque la soledad para Unamuno es honestidad y es encuentro, sentimiento:

 

“Cuando me hablas, tu voz choca en mis oídos y viene a romper casi siempre la monodia continua de mis propios pensamientos; tu figura se interpone entre mis ojos y las formas conocidas en que reposa mi mirada. Mas, apenas te vas, me vuelven tus palabras, pero me vuelven del fondo de mí mismo, incorporadas al canto de mi propio pensamiento, vibrando a su compás y con su ritmo, como acordes de mi propio canto, y detrás de ellas, dándolas en silencio aliento sonoro, se me aparece, esfumada en lontananzas imperecederas, tu para mí tan conocido rostro.”

Unamuno, poeta, espejo del mítico Aldebarán, al que llama y cuestiona:

 

“¿Siempre solo, perdido en lo infinito,

Aldebarán,

Perdido en la infinita muchedumbre

De solitarios…

Sin hermandad?”

 

Unamuno excitador como Ernest Robert Curtius subrayó: “excitó las almas, esto es, las sacudió de su modorra, una por una, pues nada tiene eficacia ni valor sino lo que arranca de la propia vida concreta…”

 

Unamuno, desterrado de Salamanca por el dictador Primo de Rivera, y exiliado por sí mismo a París, no esconde su palabra, no esconde su sentido pensamiento:

“Al sol de la verdad pongo desnuda

mi alma: la verdad es la justicia

que a la postre a la historia siempre enjuicia

y ante la cual pura la fe no muda.”

 

Unamuno, sembrador de dudas y de incertidumbres, lo dijo él mismo:

 

“Hay que sembrar en los hombres gérmenes de duda, de desconfianza, de inquietud y hasta de desesperación… Yo, lo confieso, tengo un sentimiento trágico de la vida…, soy la espada y la muela y aguzo la espada en mí mismo.”

 

Sentimiento que atravesó incluso su noción de amor, pues:

 

“Hay, sin duda, algo de trágicamente destructivo en el fondo del amor, tal como en su forma primitiva se nos presenta, en el invencible instinto que empuja a un macho y una hembra a confundir sus entrañas en un apretón de furia. Lo mismo que les confunde los cuerpos, les separa, en cierto respecto, las almas; al abrazarse se odian tanto como se aman, y, sobre todo, luchan, luchan por un tercero, aún sin vida. El amor es una lucha, y especies animales hay en que al unirse el macho a la hembra la maltrata, y otras en que la hembra devora al macho luego que éste la hubo fecundado.”

Hoy, aquí, yo, en íntima soledad, encuentro a Unamuno; su nacimiento no es recuerdo, sino un desahogo, pues con el portento de su espíritu en el eco de su palabra, siempre cercana a lo más recóndito, a lo más oscuro del manantial de vida, traspasa misteriosamente los umbrales del tiempo:

 

“¡Acaso resonéis, dulces palabras,

En el aire en que floten

En polvo estos oídos,

Que ahora están midiéndoos el paso!

 

(…)

 

¡Yo ya no soy hermano!

¡Yo ya no soy; mi canto sobrevíveme

Y lleva sobre el mundo

La sombra de mi sombra,

Mi triste nada!”

 

 

Hoy, aquí, yo, en soledad, siento la densidad de sus versos y veo al Unamuno eterno, al que me habla como un amigo, que me susurra y me grita:

 

“Que tus cantos sean, cantos esculpidos,

Ancla en tierra mientras tanto que se elevan,

El lenguaje es ante todo pensamiento,

Y es pensada su belleza.”

Por Veruz Varas

*Si buscas bibliografía de este autor, recomiendo la edición de Ricardo Senabre de sus Obras Completas.

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